Hacerse matar, algunas notas
Corro el riesgo de ser injusto con personas y colectividades que han dedicado sus vidas a la construcción de relatos que guarden la historia de diversas luchas, de quienes han caído en la confrontación directa o indirecta con el poder. No quiero desconocer la importancia de estas denuncias hechas de frente, ni su capacidad para organizarnos y reconocernos en la historia, porque ellas se han levantado de su dolor, han entendido la necesidad de otro mundo cuando el que les pertenecía les fue arrancado de las manos. Quisiera cuestionar los lugares desde donde articulamos luchas y memoria, preguntar por la consistencia de la organización, sus posibilidades y sus instrumentos.
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La pregunta no es tanto por la moralidad del hacerse matar como individualidad, sino por lo que se ha pretendido una necesidad histórica a la hora de construir mitos que sirvan a la luchas, resistencias o supervivencias de las desposeídas, las condenadas de la tierra. Esto es asomarse al martirologio revolucionario. Mi interés no es tanto la moralidad del gesto del sacrificio, sino más bien el valor de uso concreto que puede darse al mito (posiblemente tecnificado) que producimos cuando hacemos de otras mártires. ¿Qué vivas lo producen, de qué lado se encuentran del mártir, del héroe? Es decir, ¿hacemos mártires cuando matamos o cuando les sobrevivimos en y a través de la historia? ¿Quién las produce, la muerte o las vivientes?
Hago uso de la concepción que propone Furio Jesi en Spartakus1, que asimila el mito a la propaganda política en su devenir. El mito fue en la antigüedad, dice Jesi, la forma privilegiada de la verdad, el espejo en el cual se reflejaban los acontecimientos presentes y pasados para adquirir su significado y su realidad, a través de imágenes y revelaciones inmemoriales, fuera del tiempo histórico. Más adelante el mito sería progresivamente percibido como sinónimo de apariencia engañosa, intencionalmente manipulada para ocultar la verdad. La propaganda, en medio del fervor político absoluto, continúa Jesi, refiriéndose al levantamiento espartaquista de 1919 y la negativa de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht de abandonar Berlín aún conociendo la amenaza sobre sus vidas, puede asimilarse al mito en su acepción antigua, en su potencia de revelar la verdad íntima de los hechos y marcar caminos para la acción. La asunción del límite que es jugarse la propia vida en medio de quienes como yo se han levantado, poner en ello todas nuestras fuerzas para que el deseo de otro mundo se realice ahora, es una salida a la linealidad de la historia, es una apertura a la verdad del mito. Esto es lo que propone Jesi que hicieron Liebknecht y Rosa Luxemburgo, insertarse en ese más allá de la historia a través de su participación en la insurrección y su martirio, haciendo con ello propaganda de la más pura. En el mismo libro señala la diferencia con el mito tecnificado, una forma de construcción de verdad ideologizada en donde no existen la sinceridad, el fervor, el deseo y el compromiso que producen al mito auténtico; su tecnificación está en el hecho de ser fabricado conscientemente para manipular, cohesionar, dividir, etc. Una verdad hecha a medida para gobernar. En ello se fundan ideas de patria, raza, pueblos elegidos y demás monstruosidades de la historia.