
Entre las ubicuas banderitas de Colombia asoman las cachuchas de veteranos, sombreros aguadeños (habiendo colonizado ya las conexiones nerviosas de sus huéspedes), gafas oscuras que al menos se ven costosas, ropa blanquísima, camisetas de la selección, viejitxs de sport, listxs para venir al centro de Bogotá y no hacerse demasiado vistosxs entre la pueblamenta que desprecian y temen, y normalmente transita estas calles, y gente, en general, de bien, al menos mejor vestida de lo que estamos acostumbradxs a ver en cualquier marcha. Tienen en buen vestir lo que no tienen de dignidad.
También están los energúmenos que gritan “guerrillero hijueputa” y grandes pancartas ploteadas (lo que no es un detalle menor, porque no es barato y hay que hablar de los medios de producción) en las que se llama al juicio político para don presidente por delitos electorales. No extrañaremos ni las cruces solares o la ocasional y nunca lo suficientemente vistosa esvástica, ni los panfletos en tipografía Fraktur en donde se llama a proteger la moral, la blanquitud, la masculinidad de los hombres, la feminidad de las mujeres y la inocencia de los niños (sic), en fin, la defensa del bien. Este cartel en particular lo firma Unión Moral, grupúsculo al que le debemos -no, ningún respeto- al menos alguna consideración por su creatividad y su empeño -pegaron bastantes carteles, impresos en papel gruesito, rojo y caro-. Lo que pasa con el papel grueso es que se raspa fácilmente de los muros. Y para no dejarme llevar por estos asuntos editoriales, muy a mi pesar, porque entretienen bastante, hay que recordar que al lado de los símbolos y las arengas fascistas, transitaban ocasionalmente otras banderas afines, con pleno genocidio en Gaza no podíamos perdernos los enormes trapos del sionismo, porque hay que apoyar la masacre donde sea que ocurra -¿cierto?-.
Me imagino a mucho medio izquierdoso diciendo que a la marcha fueron cinco gatos y quisiera que fuese cierto, pero no lo es. No sé qué porcentaje de la Plaza de Bolívar habrán logrado ocupar, alcancé un punto de saturación después de unos 20 minutos de ver pasar gente a una cuadra de ella, pues la paciencia y el estómago tienen sus límites. Este fenómeno de las derechas movilizadas como sociedad civil en las calles es algo relativamente reciente por estas tierras, y se nota en la disposición de sus cuerpos, sus materiales, sus movimientos. Marchan menos apretadxs, en parte porque tienen confianza en que la policía no pretenderá romper la movilización por el cariño condescendiente que le profesan, en parte porque seguro les da asco tanta aglomeración humana. Si bien no faltan lxs apasionadxs que se desgañitan -recordamos las delicias de la monja uribista o los graznidos patrióticos (y estructurados por una maestría en escrituras creativas de la NYU) de Paloma Valencia- las arengas decaen con rapidez y parece faltarles cierta coordinación a la hora de vincular la arenga de este grupo de sionistas con la reserva militar que viene al frente.
Siempre habrá algo que decir sobre los materiales que permiten la expresión, sobre los medios de producción, al fin y al cabo. Bastante pancarta grandota, recién impresa, mucha banderita nueva, recién comprada, nada de trapos hechos entre varixs o de humildes cartulinas que han sobrevivido de milagro -cubiertas de cinta transparente- a una marcha tras otra. Donde abunda el dinero escasea la recursividad. Esto da pie a una lectura de clase, claro. Pero no quiero decir que en la marcha no hubiese presencia proletaria, duélale a quien le duela, como dicen, pero sí que era minoritaria. La marcha sería principalmente clasemierdera, sin descartar la presencia patricia o proletaria. Todo esto lo digo por pura confianza en las vistas, de tanto mirarles ropa, jeta, movimientos y hasta zapatos. Era evidente la falta de cierta cultura particular a la hora de echarse a la calle, cierta inseguridad en los pasos que recién se aprenden y un enorme candor frente al mundo, como si nada pudiese ocurrirles, con las fuerzas del orden, la moral y el bien a su favor. Presencié destellos de verdadero entusiasmo en los ojos inocentes1 de señoras carulleras 2, jóvenes y viejitos, al descubrirse en la coreografía de la marcha y convencerse, poco a poco, de sus propias capacidades de ¿lucha?.
1. Me refiero al sentido que le otorga Houria Bouteldja en Los blancos, los judíos y nosotros: Hacia una política del amor revolucionario, esto es la presunción de inocencia como una conquista histórica del campo político blanco, la inocencia frente a los crímenes del colonialismo y el imperialismo que sustentan las grandes democracias del mundo, esa capacidad de desvincularse del expolio y la violencia cometida para su beneficio y nombrarla como civilización, poniendo sobre lxs oprimidxs las sombras del salvajismo y la barbarie. Si bien en este contexto la cuestión no es atravesada en primera instancia por el campo político blanco (incluso en una región como esta, en donde despojos históricos, masacres y múltiples formas de dominación se han basado en la excusa de la raza) lo que señala Houria sobre la inocencia se aplica a esta lectura de clase. La inocencia que elimina toda responsabilidad.
2. Por tomar prestada la expresión sociológica de C. Rico.